La vacuna emocional: cómo vivir lo que nos espera.

Mónica Valencia. Psicoanalista Asociación Panameña de Psicoanálisis APAP – (IPA- FEPAL)

Estamos todos esperando la vacuna del coronavirus con la ilusión de que cuando se logre, todo será alegría. Ponemos todas nuestras esperanzas en ese hallazgo y le damos poca importancia a la posibilidad de desarrollar una vacuna emocional.

¿Cuál sería la composición de tal vacuna? Creo que muchos coincidirían en que hay que hacer un duelo por todo lo que hemos perdido, que no ha sido poco, en un intento por no vivir –o sobrevivir– a la sombra de lo que fue la vida pre-COVID. Es necesario tener un espacio mental para metabolizar lo que ha ocurrido y un escudo que nos proteja de lo que muchos describen como una “hiperrealidad” generada por el influjo masivo y constante de información. También necesitamos dormir y soñar para procesar esta nueva modalidad de vida. Por último, reinventarnos y vivir post-Covid va de la mano con la posibilidad de desprendernos de la realidad para poder crear en la adversidad.

Actualmente estamos siendo constantemente bombardeados por cifras de muertos, crisis sociales, hambrunas, etc. Corremos el riesgo de no poder mantener un espacio mental para pensar y elaborar lo que está pasando. Ante tanta información, la barrera anti-estímulos, un concepto propuesto por Sigmund Freud, procura filtrar lo que ingresa a nuestra mente para mantener la tensión lo más baja y estable posible. La tarea de metabolizar lo traumático –que de por sí ya es complicada— no termina de lograrse porque, antes de que se procese dicho contenido, nos inundan con nueva información.

Esto es justamente lo que caracteriza la situación traumática: el contenido que tenemos que metabolizar supera nuestras posibilidades de hacerlo. Lo que no podemos procesar queda como un ruido, ya que no logra conectarse con otros contenidos mentales. Es una especie de indigestión mental en la que los contenidos no elaborados permanecen en la mente causando malestar o son evacuados por medio de actos impulsivos y violentos en la realidad exterior o en el cuerpo. 

Algunos de nosotros estamos frenéticamente haciendo y posteando cosas en las redes sociales:  cursos, recetas, clases de ejercicio, reuniones por zoom.  Por un lado, pueden ser formas de autodesarrollo, pero también pueden ser engañosas porque, si se usan excesivamente para llenar cada minuto del día, no dejan el espacio psíquico necesario para elaborar los problemas relacionados a la pandemia. Esta situación trae como consecuencia hechos como el incremento de 142% en las llamadas para reportar actos de violencia intrafamiliar en Colombia o el aumento de 86.5% en la venta de bebidas alcohólicas en España, comparada a las mismas fechas en 2019.

Ambos fenómenos podrían indicar un aumento de las ansiedades primitivas, aquellas que cada uno ya carga en su psique, que se agudizan en situaciones traumáticas.

Coexisten dentro de nosotros modos arcaicos de funcionamiento junto a otros más maduros. En los primeros, hay un colapso del espacio mental y por ende, un automatismo donde actuamos impulsivamente y con poca creatividad. En vez de elaborar, proyectamos contenidos escasamente procesados, generando relaciones poco generativas. Mientras que los modos más maduros de funcionamiento involucran una elaboración y la posibilidad de crear algo nuevo, permitiéndonos hacer conexiones, reconstruir y reinventarnos, los modos arcaicos nos llevan a una repetición traumática. Aunque la mayoría oscilamos entre ambos polos, lo ideal sería que estuviéramos la mayor parte del tiempo en un modo maduro que facilite el procesamiento de los contenidos.

Estos modos de funcionamiento implican diversos mecanismos de defensa. Las defensas, mientras no sean masivas, tienen la función de ayudar en la economía interna de la mente, aliviando su carga. En ese sentido, una manera de vacunarnos emocionalmente sería lograr desapegarnos de la realidad para después regresar a ella. Moverse entre la realidad y la fantasía nos ayuda a procesar los impulsos que nos llegan de manera creativa.

Por otra parte, también es fundamental revisar la función del sueño porque allí encontramos varios elementos que deben constar en la vacuna emocional. Durante el sueño se elaboran contenidos psíquicos y también se establece un escudo protector anti-estímulos que nos permite seguir durmiendo y soñando. Ese escudo filtra sensaciones que interrumpirían la función del sueño pues dominarían la mente del soñante. El sueño es un depurador de recuerdos para que solo quede en nuestra mente lo importante o lo más impresionante que nos ha sucedido. Cuando no logramos dormir, no eliminamos recuerdos; y por ende, no tenemos la capacidad de olvidar muchas cosas con las que no podríamos vivir si las recordáramos a diario.

En esta pandemia los medios nos han bombardeado incesantemente, dilacerando nuestro escudo protector. Estamos enfermos debido a una invasión de la realidad. Esto pone al aparato psíquico en un estado de sobrevivencia donde la tarea de recuperar su homeostasis adquiere preferencia con relación a otros procesos. De manera que mientras no solucionemos ese desequilibrio, no vivimos, solo sobrevivimos. Apenas logramos sacar la cabeza a flote, viene otra ola de noticias y seguimos en una indigestión mental, regurgitando esa información. La idea de un escudo protector que permite un espacio para pensar la experiencia y crear significados es fundamental. Debemos poder imaginar y soñar cómo queremos que sea nuestra vida. Solo así podemos planear y construir un presente y un futuro.

Sin planes, moviéndonos por inercia, estamos condenados a repetir las mismas dinámicas. El tiempo se deforma. No distinguimos los días. Cuando no logramos soñar, no logramos dormir y cuando no logramos dormir, vamos perdiendo la noción del tiempo, se van cortando los hilos que unen los días. La temporalidad lógica relacionada a las situaciones traumáticas adquiere una dimensión diferente a la cronológica. Freud planteaba que los procesos inconscientes son atemporales, es decir que “no están ordenados según el tiempo y no se modifican por el transcurso de éste”. Cuando la mente está muy traumatizada, no hay un futuro sino solo una repetición del trauma.

Freud sostenía que para poder vivir hay que reconciliarse con la propia mortalidad. El duelo

debido a la enorme cantidad de pérdidas –de personas, proyectos, de nuestra ilusión de inmortalidad— es uno de los elementos básicos de nuestra vacuna, un aspecto que toma especial relevancia en la actualidad. Una y otra vez tenemos que dejar atrás la forma en que hacíamos las cosas antes para adaptarnos a una nueva realidad desinfectada, con  mascarillas y distancia social. Gastamos tanta energía en la batalla contra el virus COVID-19 que no nos alcanza para ver qué ajustes necesitamos hacer en nuestros planes para poderlos llevar adelante. Más que nunca, corremos el riesgo de vivir en el pasado.

Repetimos conductas, rutinas, pensamientos y relaciones con el anhelo de volver a lo que Freud describe como el momento mítico de perfecta unión con la madre, en el que todas las necesidades eran satisfechas. Podemos decir que actualmente ese momento mágico para muchos está representado por la época pre-COVID, cuando podíamos salir, abrazarnos y ver a nuestras personas queridas. Las circunstancias actuales producen una desvitalización del presente.

El proceso de vacunarnos emocionalmente implica no solo hacer el duelo, sino también mantener el espacio mental para metabolizar lo que nos está ocurriendo. Necesitamos poder dormir y soñar, alejarnos de la realidad y poder volver a ella, para ser creativos dentro de la adversidad. Así, lograremos aprovechar el presente para fortalecernos, aprender de la experiencia y prepararnos para vivir lo que nos espera. 

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